Existen diferentes tipos de té. Fundamentalmente, rojo, blanco, negro y verde. Sin embargo, cada cual posee una serie de propiedades terapéuticas determinadas, convirtiéndose en una auténtica bebida que, durante siglos, ha llegado a ser muy utilizada.
Si bien nos ocuparemos en una próxima entrada de las propiedades relativas a cada té en concreto, hoy conoceremos los beneficios concretos a nivel más o menos general.
El té negro, por ejemplo, mejora la capacidad de contracción y dilatación de los vasos sanguíneos, ayudando en sí a mantener en buen estado el tejido o endotello que cubre el interior de los distintos vasos sanguíneos, pudiendo reducir, según diversos estudios, el riesgo de ataques cardíacos.
Facilita la no oxidación del considerado como colesterol “bueno”, dificultando la formación de placas de ateroma, responsables de muchos accidentes cardiovasculares. Su contenido en teína alivia la fatiga, pudiendo calmar el dolor de cabeza o cefalea cuando ésta es producida por cansancio.
En cierto sentido, se podría decir que su aporte en flúor colaboraría en la prevención de las caries dentales.
A nivel externo
De forma externa, existen personas que, desde hace tiempo, utilizan el té en casos de vista cansada o conjuntivitis, siendo aplicado mediante un baño, o a modo de colirio.
Además, existiría un truco de belleza aún más utilizado: si se desea disminuir las bolsas de debajo de los ojos, se pueden aplicar compresas frías.


