El temor a no agradar, a no decir las palabras justas (o en la forma adecuada), huir de los grupos, de todos aquellos conocidos con los que no exista en sí una cierta intimidad, e incluso de la propia sociedad, son características propias de la timidez, un problema que, para muchos, se relaciona directamente con la inseguridad propia de la adolescencia.
Sin embargo, algunas personas la conservan mucho más allá de los dieciséis años, no llegando a superarla del todo. No obstante, recogemos aquí una serie de consejos fáciles de practicar, que te pueden ayudan a salir del problema:

Para ti | ¿Eres tímido? Descúbrelo con este test
Información adicional | Fobia social y timidez
Sabemos que el vínculo de la amistad proporciona seguridad, satisfacción, apoyo emocional, y ayuda a cada persona a desarrollar una buena autoestima, a partir del sentimiento de valoración y aceptación que recibimos por parte de los demás.
Con ella, aprendemos a confiar no sólo en el otro, sino en ti mismo, a compartir, descubriendo lo bien que uno se siente ayudando a los demás cuando sufren o tienen problemas.
Con el primer encuentro entre dos personas, se inicia un proceso mutuo que puede llevar a concluir en amistad.
Sin embargo, cuando una persona es insegura, y si ese proceso no concluye propiamente en amistad al primer encuentro, piensan que “han fallado“, aunque obviamente esto no es la realidad.
En estos casos, debe tenerse en cuenta que puede que, de momento, no se hayan dado las circunstancias oportunas para que ello suceda, y no se deben cerrar las puertas.
Las ideas preconcebidas sobre la amistad, o el afán por encontrar en ella lo que no hallamos en nosotros mismos, son las que dificultan que ésta pueda o no surgir.
Lo que no sería recomendable hacer
No se puede pretender ir demasiado rápido en una amistad, dado que todo va simplemente poco a poco, pues no se hace porque sí, sino sólo con el tiempo, el día a día. Se consolida con el tiempo, con la aceptación mutua, y con el conocimiento.
Un amigo no puede nunca compartir todas las áreas de interés de una persona, pues le gustarán algunas cosas, y otras no.
No resuelve los propios sentimientos de soledad, pues no se le puede pedir a un amigo que supla nuestras carencias; tú debes ser el único que resuelvas tus dificultades, logrando el tan ansiado equilibrio interior.

Como todo en la vida, seguramente en algún que otro momento nos han hecho daño, o, incluso, nos hemos encontrado ante un momento de tensión tal, que en cierto sentido se nos hace difícil poder perdonar.
En el caso, por ejemplo, de una discusión, es posible sentir cierta reactancia
Sin embargo, el problema realmente lo podemos encontrar cuando transcurren horas, e incluso días desde el problema, y realmente no somos capaces de pedir disculpas, o de hablar lo sucedido, observándolo con perspectiva, de forma objetiva, y de lejos, para llegar a comprender si en verdad el enfado es para tanto o no.
Y es que es increíble observar como hay personas que viven con un odio interior durante años, guardando rencor por la gente que les ha ofendido, incluso algunas de ellas tratan de buscar la oportunidad de vengarse, cuestión aún mucho más grave que no tratar de encontrar unos minutos de pensamiento interior, y saber verdaderamente lo ocurrido, y si tiene o no solución.
Hay distintas cuestiones por las que podemos estar enfadados con otras personas, de tal manera, que a veces el pedir disculpas se hace una tarea algo complicada. Discusiones con nuestros padres o familiares, amigos, pareja o extraños, difieren en la fuerza o ganas que hayamos puesto en la discusión en sí, y en lo que luego nos hemos visto afectados y nos hizo daño.
Como consecuencia de las ofensas que les han hecho, sus corazones quedan heridos pudiendo distinguir en los rostros amargura, tristeza e indiferencia por la vida. Además, en ocasiones se les ve con la mirada perdida, triste y con lágrimas en los ojos cuestionándose el por qué les dañaron tanto.
Empero, sería mucho más fructífero y positivo pensar en el problema en sí, recapacitar, y darnos cuenta realmente en lo sucedido, que anclarnos en una situación que ya pasó y que, al recordar, nos puede llegar a hacer mucho daño.
El poder de perdonar
Para perdonar, y poder hacerlo realmente de corazón, porque así lo queremos, y no por cuestiones puramente externas, debemos perdonarnos a nosotros mismos y librarnos del posible rencor que podamos encontrar en nuestro interior.
Se dice que al perdonar, una persona se siente liberada de todas aquellas razones o momentos que lo aferraban al pasado; y es que, precisamente, tanto el rencor como el no poder perdonar se debe a una cuestión única: la persona que se ve impedida a ello, se encuentra anclada en el pasado, en una situación o momento concreto que le evita ver con claridad, impidiéndole, por tanto, encontrar la paz.
En el caso de que no podamos pedir disculpas, simplemente porque esa persona ya no está, cierra los ojos e imagina que ese sujeto se encuentra frente a ti, y dile todo el daño que te provocó esa situación, libérate, y simplemente pide perdón.
En el caso de que sí podamos pedir físicamente disculpas, sólo debemos hacer una cosa: como se ha dicho, liberarnos del rencor y olvidar aquello que nos hizo daño, comprendiendo que nadie es perfecto, y que, siempre, podemos cometer errores.

Para saber más
- Cómo perdonar cuando no sabes como hacerlo (Mary de Bishop, Jacqui y Grunte, Editorial Sirio)
- Cómo perdonar: perdonar para sanar, sanar para perdonar (Jean de Monbourquette, Editorial Sal Terrae)
- Saber perdonar (David W. de Schell, Ediciones San Pablo)