Quienes imparten Biodanza, la describen como un sistema de integración humana, que conlleva a la renovación orgánica, la reeducación afectiva y el reaprendizaje de las funciones originarias de vida.
En cada sesión, se inducen vivencias a través de la música, del canto, del movimiento y de situaciones de encuentro en grupo. Como en todo sistema terapéutico, hay un facilitador entrenado para contener el desarrollo del grupo y “hacer el cierre” de la sesión enfatizando el aprendizaje obtenido.
Se manejan cinco áreas, en las que la persona debe trabajar y buscar el crecimiento. Se llama líneas de Vivencia, que son:
El termino de “integración humana” se da porque es un método para fomentar la integración de lo que siente, piensa y hace la persona. Una especie de trabajo para la congruencia.
Cada día se habla más de la conexión entre cuerpo, mente y espíritu. En el ámbito de salud, es igual. La salud del cuerpo, no puede estar escindida de la de la mente, ni de la del espíritu. De ésta última, hablaré hoy.
En cuanto a la espiritualidad, se ha demostrado que el contar con creencias positivas, la meditación y el rezo, tienen poderes curativos. Más allá de la sanación corporal, la espiritualidad otorga un sentido de bienestar que a la larga constituye una mayor fortaleza para enfrentarnos a los problemas de la vida.
Hay quien recurre a la religión para trabajar en su espiritualidad, mientras que otros se encuentran más cómodos en otros ámbitos. Sea cual sea el método, mejorar la salud espiritual siempre tiene sus recompensas.
Cultivar la espiritualidad no requiere, necesariamente, de cantar devocionalmente o asistir a alguna ceremonia. Puede radicar en una simple caminata disfrutando de la naturaleza, de un momento dedicado a pensar, incluso de practicar algún deporte. Lo importante es encontrar una actividad que nos acerque a una paz interior, que implique un alivio, que nos llene de fuerza y que la vivamos con amor.
A veces, aunque tengamos la intención de vivir tranquilamente, ejercitándonos y comiendo sano, puede aparecer algo en nuestra vida que nos provoca enojo. Todos sabemos lo que es sentir eso, “el hervir de la sangre”, la impotencia y la convicción de que el otro comete una injusticia. Puede durar minutos, horas o podemos vivir en una montaña rusa de irritabilidad.
Según la Terapia Cognitiva Conductual (TCC), todas las emociones son la consecuencia de los pensamientos. La interpretación de los hechos, es la que provoca nuestros sentimientos, y no el hecho en sí.
Sentirse irritable, implica que hay algo que nos preocupa y que se está escapando de control. Cuando nos damos cuenta que perdemos los estribos es momento de hacernos una pregunta ¿qué está pasando en nuestra vida?. Si revisamos los hechos recientes, generalmente podremos descubrir qué es lo que nos preocupa.
No se trata de volverme un ser insensible, que no sienta enojo por la guerra y por las injusticias que a diario veo en el mundo. No, se trata de salir de la tendencia de estallar impulsivamente, porque ese estado siempre se vuelve en nuestra contra. A veces, es cuestión de conveniencia, simplemente no nos conviene irritarnos. Las consecuencias de nuestro estallido nos pueden traer más problemas que el asunto de origen.
La TCC propone varios ejercicios para alejarnos del estado de irritabilidad. Uno es evaluar cuándo es productiva nuestra irritación y cuándo no lo es. Es decir, cuándo es útil y me beneficia, y cuándo es inútil y me destruye. Sea cual sea el ejercicio que se lleve a cabo, es recomendable evaluar que tan propensos somos a irritarnos, es decir, nuestro Coeficiente de Irritabilidad. El Dr. Raymond W. Novaco, del Programa de Ecología Social de la Universidad de California, Irving desarrolló una escala de ochenta ítems, para medir dicho coeficiente de de irritabilidad.
Si tuviéramos un coeficiente del día de hoy, nos ejercitamos para controlar la ira y luego volvemos a medir nuestro índice, podremos comprobar nuestro avance en ganar la batalla y a cada día, perder menos los estribos. Imagino que con menos gente en la calle, que le ande hirviendo la sangre, el mundo sería mejor. Al menos, con menos arranques, cada uno viviría más en paz.
En la anterior entrada, tratábamos una cuestión muy interesante, que tiene relación con un tema tan actual como antiguo, y que lamentablemente siempre está presente: el no poder dejarnos de preocupar por hechos pasados o por aquellos que aún no han sucedido.
Si somos positivos, encontrar una salida a los problemas es mucho más fácil de lo que pensamos, si comenzamos a aceptar los hechos, en vez de negarlos, o repetirlos continuamente en nuestro interior.
No en vano, hay muchas personas que pierden el equilibrio interno -y su propio bienestar- cuando se enfrentan a un hecho o situación que etiquetan en primera instancia como “problema“, pensando repetitivamente que tienen un problema que no tiene solución.
Empero, lo que realmente sucede en estos casos, es que el sujeto se bloquea al confundir los hechos que han desencadenado tal problema en sí, en especial porque las causas que originan el problema pueden no tener solución, pero el conflicto que se genera tras ello sí.
Por ejemplo, suponte que tienes un exámen muy importante, y no puedes estudiar. El hecho es que no puedes estudiar, pero el problema es encontrar un hueco para poder hacerlo. Por tanto, en vez de comenzar a agobiarnos porque vamos a suspender, debemos coger ese tiempo tan importante para tratar de organizarnos y encontrar nuestro propio espacio y tiempo para poder llevarlo a cabo.
En especial, porque lo que no podemos hacer es quedarnos atrapados en algo sin intentar cambiar los hechos. Una buena estrategia en estos casos es preguntarse sobre el problema, conocer en qué se basa, qué ha ocurrido, y, objetivamente, tratar de identificar las soluciones reales que podemos aplicar a cada cuestión.
Las respuestas que vayamos poco a poco y pacientemente obteniendo, serán las claves para desbloquearnos, y para encontrar, bien la solución del propio problema en sí, o posibles alternativas.
Porque cualquier problema tiene solución. Y, si no la tiene, no es un problema, simplemente un hecho consumado sobre el que ya no podemos actuar, por lo que lo mejor es aceptarlos, solucionarlos simplemente en nuestro interior, de tal manera que, al final, nos ayudará a crecer como personas.

Dentro de las fiestas navideñas, celebrar la llegada del año nuevo, es una antigua costumbre que tiene, sin duda alguna, un significado trascendente.
Se trata de un momento especial, de un momento simbólico de cambio, que da paso a un tiempo nuevo, brindándonos la oportunidad de crecer, de renacer con él, cuestión que nos invita a plantearnos cambios.
Sin embargo, éstos deben materializarse en propuestas concretas, y llevarse a cabo de forma decidida, porque, si no, sólo se convertirían en simples propósitos que se diluyen poco a poco con el paso de los días.
El año nuevo, en cuestiones históricas
Entre los romanos, la palabra año (annus), se asocia a círculo o anillo, pues simboliza la medida de un proceso cíclico completo.: el tiempo que tarda en su rotación el ciclo zodiacal, en volver a su posición inicial.
Esa idea está presente en la naturaleza, dado que, en los árboles, cada año de vida queda marcado con un nuevo anillo en su tronco, por lo cual, por ejemplo, un año podría representan un eslabón más en nuestro propio ciclo vital.
En este caso, y para decidir qué cambios queremos emprendrer, y conseguirlos, debemos tener en cuenta 4 puntos importantes:

Muchos han sido los expertos que, en multitud de ocasiones, han indicado en alguna que otra ocasión que la preocupación, si bien es un punto de partida que nos podría activar para solucionar problemas diversos, en especial aquella que nos impide realizarnos plenamente como personas y nos impide ser felices, no sirve absolutamente para nada.
No en vano, nuestro cerebro es capaz de inventar recuerdos de hechos que en realidad nunca ocurrieron, o anticiparse en cierto sentido a cuestiones que aún no se han producido, y que, dado que de sucederse, lo haría en un futuro, no sabemos realmente si va a ocurrir o no.
Precisamente por este hecho, no podemos dejarnos influenciar, en primer lugar, por un incidente pasado que, como tal, ya no podemos cambiar, efectivamente porque no podemos tener acceso a lo que ya sucedió o hicimos en un momento determinado; y, en segundo lugar, no podemos verdaderamente anticiparnos a algo que presuntamente puede ocurrir en un futuro (ya sea cercano o lejano), efectivamente porque éste aún no se ha producido, y porque no tenemos la certeza real de que suceda o no.
Fundamentalmente, cuando nos sumergimos constantemente en un hecho pasado, y en especial cuando éste es inventado, nos referimos a situaciones pasadas que nos provocaron cierto daño, el cual, si no supimos o no pudimos solucionarlo en ese momento (bien interiormente, o incluso fuera de nosotros), repetiremos continuamente, añadiendo aún mucho más dolor, hasta que no nos paremos en el momento presente, y tratemos de solucionar ese problema en nuestro interior.
Por ello, si ya no podemos solucionar ese problema que nos preocupa, porque tanto física como espacialmente no podemos hacerlo, sí podemos “arreglarlo” interiormente, de tal manera que no nos siga haciendo daño.
Pero si lo que nos preocupa se debe a un presunto hecho que aún no ha sucedido, pero que supuestamente puede pasarr en un futuro, en este caso la preocupación es algo más que infundanda, porque no podemos anticiparnos a algo que en realidad no ha ocurrido.
Debemos tener presentes (y nunca mejor dicho) que nos estamos haciendo mucho daño por algo acerca de lo que no tenemos la certeza real de que va a suceder, por tanto no sólo es una pérdida de tiempo, sino que esa preocupación nos impide disfrutar plenamente del presente, de esos pequeños momentos de la vida, y vivir cada día con alegría, no pudiendo ser todo lo felices que podríamos llegar a ser.

Información adicional | Vive sin sufrir, y disfruta del día a día
Sabemos que el vínculo de la amistad proporciona seguridad, satisfacción, apoyo emocional, y ayuda a cada persona a desarrollar una buena autoestima, a partir del sentimiento de valoración y aceptación que recibimos por parte de los demás.
Con ella, aprendemos a confiar no sólo en el otro, sino en ti mismo, a compartir, descubriendo lo bien que uno se siente ayudando a los demás cuando sufren o tienen problemas.
Con el primer encuentro entre dos personas, se inicia un proceso mutuo que puede llevar a concluir en amistad.
Sin embargo, cuando una persona es insegura, y si ese proceso no concluye propiamente en amistad al primer encuentro, piensan que “han fallado“, aunque obviamente esto no es la realidad.
En estos casos, debe tenerse en cuenta que puede que, de momento, no se hayan dado las circunstancias oportunas para que ello suceda, y no se deben cerrar las puertas.
Las ideas preconcebidas sobre la amistad, o el afán por encontrar en ella lo que no hallamos en nosotros mismos, son las que dificultan que ésta pueda o no surgir.
Lo que no sería recomendable hacer
No se puede pretender ir demasiado rápido en una amistad, dado que todo va simplemente poco a poco, pues no se hace porque sí, sino sólo con el tiempo, el día a día. Se consolida con el tiempo, con la aceptación mutua, y con el conocimiento.
Un amigo no puede nunca compartir todas las áreas de interés de una persona, pues le gustarán algunas cosas, y otras no.
No resuelve los propios sentimientos de soledad, pues no se le puede pedir a un amigo que supla nuestras carencias; tú debes ser el único que resuelvas tus dificultades, logrando el tan ansiado equilibrio interior.
