
Los padres, a veces, tenemos la impresión de que los hermanos se pelean constantemente por cualquier cuestión. Todo es motivo para encender la mecha de una discusión interminable, que puede incuso terminar en un enfrentamiento físico.
A nosotros nos resulta muy desagradable porque pensamos que no tienen ninguna razón para pelearse, que siendo hermanos deberían quererse y ayudarse. Los chicos pelean por pelear y cuando no hay causa, la inventan.
Los especialistas creen que la tercera parte del tiempo que los hermanos pasan juntos es conflictiva, pero hay que entender que ellos tienen un mismo objeto de amor, que somos nosotros, sus padres.
Aunque se quieran, esto los coloca en una posición de rivalidad, incluso a veces sin ser concientes de ello, y, en muchas ocasiones comienzan una disputa sólo para acaparar la atención de los padres.
Para evitar esta competición lo mejor es no comparar nunca a los hijos. Es muy importante que seamos completamente imparciales y si consideramos necesarios retarlos, amonestemos a los dos por igual. No debemos intervenir nunca en sus peleas a no ser que haya violencia física.
Al meternos, impedimos que ellos encuentren una solución. Porque, aunque no lo creamos con estas peleas aprenden a defender sus intereses, a darse cuenta de que sus deseos no siempre coinciden con los de los demás y que pegarse nunca da buenos resultados. Y, lo que es más importante, descubren cómo hacer las paces.

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