
Cuando el bebé duerme bien, ese buen dormir es un refuerzo positivo. Los padres le trasmitimos el mensaje ‘lo haces bien sigue así’ y el sueño sigue mejorando.
Sin embargo, cuando tiene un sueño más intranquilo y llora, los padres, con nuestra mejor intención, queremos corregirlo enseguida para evitar que sufre o que descanse poco y hacemos lo posible por dormirlo, incluso hamacarlo en brazos. Con ello impedimos que aprenda a conciliar el sueño solo y entramos en un círculo vicioso.
Al no saber dormirse solo, es probable que si se despierta en los cambios de ciclo de sueño que se dan a lo largo de la noche, no pueda volver a dormirse sin nuestra ayuda. Y si acudimos de inmediato a su lado, le trasmitimos el mensaje: ‘Para que yo te ayude, primero debes despertarse; segundo, no saber dormirte, y tercer, gritar. Así, yo vendré y estaré a tu lado’. El chico cumple su papel llorando para reclamarnos y callando al recibir la ayuda. Pero cuanto más alejamos, vuelve a gritar. Se ha cerrado el círculo vicioso ¿Cómo romperlo?
Para aprender a hacer algo de forma automática, esto es, para aprender un hábito, usamos elementos externos que asociamos a esa acción y que están presentes mientras dura. Así, por ejemplo, la cuchara se asocia a sopa, de manera que si no hay cuchara, no se come sopa.
Con el sueño pasa lo mismo. Por eso, los elementos que inducen el sueño no deben precisar de la intervención de los adultos. A la hora de dormir hay que realizar un ritual con el pequeño: baño, cuento, cuna… y antes de marcharse, darle un objeto de consuelo (un muñeco blando o un pañuelo), que seguirá a su lado cuando se despierte. Al principio llorará y los reclamará. Quedarse cerca y hablarle para tranquilizarlo, pero no dormirlo en brazos ni tocarlo. Actuar igual cuando se despierte a medianoche.

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